sábado, 11 de agosto de 2012

El mentiroso mentido.

A veces pienso que no debería escribir una mísera línea cuando me encuentro cansada, agotada, afligida... Si no debería esperar unas horas a que el atasco de sentimientos diera paso a un tráfico mucho más fluido, de manera que quizás pudiese encontrar las palabras exactas para describir cada una de las pasiones que poco a poco van colmando mi vaso. Pero, ¿qué sentido tendría eso? No me importa la calidad ni la cantidad, sino qué me evoca cada palabra que escribo, cada letra que pulso en el teclado. Ahora me provocan temor, un temor insólito y quizás fugaz. Mis dedos tiemblan mientras tomo aire antes de seguir dejando salir las palabras porque no existe ninguna garantía de que esto no se pueda malinterpretar... No obstante la cobardía nunca debe adueñarse del autor por mínima que sea su obra, pues es su pequeña y propia criatura, y, en este caso, solo espero no dejar nada en el tintero.

He tardado tanto en encontrar estabilidad que cualquier desequilibrio, fallo, descuido, inexactitud o error por mínimos que sean me afectan de tal manera que la tabla sobre la que me muevo se vuelve cuerda y la cuerda hilo. Es por eso que el miedo, el terror, el pavor se apodera de mí cada vez que resbalo, que me veo a mí misma cayendo desde mil metros de altura a un pozo negro del que me aterra no poder salir. Puede que sea egoísta y codiciosa al exigir a mi vida que amplíe la anchura de la tabla, que no permita que se convierta en un hilo y que termine por desaparecer, pero nunca se me ha dado bien compartir mis tablas, ni mucho menos dejar que alguien tome una sierra y las vaya haciendo cada vez más pequeñas y débiles.
Soy ese tipo de persona que piensa que los trenes pasan una vez en la vida. Voy a permitirme, pese a que no me gustan excesivamente las citas, citar a Heráclito: "Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos." Podrás retrasar tu salida en tren, pero éste jamás será el mismo, incluso aunque realizaras tu viaje con las mismas personas que lo abarrotaban cuando lo dejaste pasar. Podrán devolverte el dinero, pero lo habrás dejado marchar para siempre. Los pasajeros no van a dejar de subir y bajar por el mero hecho de que tú te hayas quedado atrás. Nadie puede creer que nada ha cambiado cuando cruza el río por segunda vez o cuando finalmente se monta en el tren y, por tanto, nadie puede comportarse como tal, puesto que la intención que te movió en un primer momento no es la misma, ni mucho menos, que la que te mueve ahora, porque ahora estás suplicando.
Nadie permanece invariable a través del tiempo. Cuando hablo de personas ("nadie"), me refiero a almas, personalidades, a maneras de vivir. Cambiamos porque las situaciones lo exigen, porque aprendemos a pensar de diferentes maneras, porque maduramos o porque damos pasos hacia atrás. Por eso la expresión "no has cambiado nada" es tremendamente estúpida. Sin embargo, hay determinados aspectos de uno mismo que algunas personas concretas se niegan (o no pueden, quizás) a cambiar, entre ellos y el más famoso, la subjetiva maldad. Jamás he conocido peor maldad que la infidelidad, en cualquiera de sus variantes, que considero infinitas, pues incluye mentira, falta de confianza, mezquindad, avaricia, inmadurez... Por eso no soy capaz de soportar aquellas personas que la cometen con la misma asiduidad que cambian de muda. Menos aún cuando este tipo de seres se ven atacados por su mismo mal y comienzan a ofrecer otra cara de la moneda, una que tan bien saben representar: el victimismo. ¿Es justo que el verdugo culpe a su víctima de que ésta se rebele contra ella, tome la guadaña y se tome la justicia por su mano de la misma forma en que el verdugo quiso acabar con ella? Creo que no hay nada más dulce que la venganza, siempre y como todo, en su justa medida y para aquellos que necesitan dejar de dar pasos hacia atrás.

Quizás no sea la persona más adecuada para hablar, pero, desde luego, no estoy dispuesta a que nadie intente ocupar mi asiento en el tren, mi piedra para cruzar el río o mi espacio en la tabla con la única intención de hacer daño una vez más. Mentiroso, explícame cómo se siente ser engañado por el mentido.

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