Hoy en día el gusto por las largas conversaciones acompañadas de una taza de café caliente parece haberse perdido. Ni siquiera parece que el cacao caliente sea capaz de hacer durar una conversación. No me gustan las bebidas frías para entablar conversaciones. Quizás sea por mi propia frialdad, ¿quién sabe? Una taza de algo caliente de la que puedo observar salir humo, un humo que puedo soplar, un humo ardiente que entra por cada uno de los poros de mi piel y que me embriaga con su olor, dulce o quizás no tan dulce según el contenido de la taza.
Mirar a esa persona a los ojos y reír cada vez que tiene que apartarse de la taza para no quemarse los labios simplemente no tiene precio. En mi opinión es más agradable y dulce que un eructo provocado por el gas de un refresco cualquiera. Un refresco frío, frío como yo.
A veces me pregunto si cada conversación que tengo vale algo si no está acompañada de la dulzura de un chocolate caliente o de la amargura de un café solo muy fuerte. Incluso me pregunto si todas las conversaciones que nunca he tenido y que nunca tendré podrían tener sentido si ningún sentimiento las hiciera plenas. No parece que se de el valor suficiente a las conversaciones si no tratan sobre un tema que no nos incumbe... ¿Es más interesante hablar de los demás antes que de nosotros mismos y de nuestros sentimientos?
A veces me pregunto si no me he equivocado al no invitarte a una taza de chocolate, de café o de té en vez de dejar que bebieras solo tus refrescos gaseosos favoritos. Es curioso que nuestros desayunos sean exactamente lo contrario a nosotros: tú, tan caliente, con tus desayunos fríos; yo, tan fría, con mis desayunos calientes. ¿Voy a culpar a nuestros desayunos de las cosas que quedaron sin decir? ¿Puedo ahogar mis penas en una taza de chocolate caliente? ¿Me encontraría mejor si tirase a la basura tus refrescos fríos?
Son esas diferencias las que nos han unido, pero ahora me pregunto si no hubiera sido mejor desayunar lo mismo, cada día alternando bebidas frías con calientes, para que nuestras conversaciones hubieran sido todo lo fieles que yo hubiera querido. Quizás ser tan fría es lo que me hace hablar durante nuestros desayunos de veinticuatro horas sin tapujos, sin ocultar el más mínimo detalle, desnudándome sin ninguna timidez... Puede que tú no fueras tan partidario de desnudar sentimientos delante de una taza de café... E incluso de tus refrescos favoritos.
Y, sin embargo, quiero compartir el resto de mis desayunos a tu lado. Puedo desayunar un refresco si así tú también eres capaz de desnudarte como yo. Te invito a desayunar juntos la próxima vez como si fuera la primera, como desconocidos, para poder desnudarnos a la misma velocidad, pero solo si tú quieres. Te prometo que mis tazas no queman... Ahora prométeme tú que tus latas no van a dejarme helada.

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